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Franciscan at Home

Forming those who form others

Sacramentales prácticos en la iglesia doméstica

La iglesia doméstica ocupa un domicilio: un departamento, una mansión, una cabaña, una granja, un pent-house, cualquier tipo de vivienda a la que llamamos hogar. Todo el mundo, desde el psicólogo junguiano casi agnóstico, Jordan Peterson, al “influencer” que se ha vuelto viral, el almirante de la marina William McRaven, y hasta tu propia mamá aboga a favor de ordenar el espacio donde uno habita como el primer paso hacia una vida exitosamente ordenada, tanto al nivel práctico como a nivel simbólico. Para aquellas personas que tengan una visión sacramental de la realidad, también diríamos que es a nivel físico y espiritual.

Comprendemos correctamente a la Iglesia a cada nivel - desde Triunfante hasta doméstica - como una comunión sagrada de almas, encarnadas corporalmente en la Tierra y destinadas para la gloria de la resurrección. Hasta el tiempo en cuando cesarán aquellos sacramentos sobre los que depende nuestra identidad católica y la creación está hecha perfecta, ¿cómo deberían los componentes sacramentales de la iglesia doméstica moldear a nuestra vida cotidiana? Nuestro Señor ha instituido los sacramentos y la Iglesia ha introducido varios sacramentales; por lo tanto, la iglesia doméstica debería justamente ver a sus rutinas regulares a la luz de la gracia. Sacramentales formales, oficiales y sacramentales comunes comprendidos más ampliamente[1] nos pueden orientar más profundamente hacia la vida sacramental litúrgica y la aplicación mejorada de sus frutos dentro de nuestra familia.

Bautismo

Cuando bendigo el agua nueva y oro por las personas que la utilizarán, pienso a veces que debería refrescar la fuente más seguido. Los efectos de iniciación primaria del Bautismo seguirán con nosotros para siempre a partir de nuestro encuentro con esa dichosa agua, simbólica de nuestra inmersión en los mares abiertos de este mundo para un viaje hacia el siguiente, incluso a través de las aguas de la muerte.[2]  Los católicos contemplamos nuestra naturaleza material y espiritual y nuestra misión al irnos de la casa por las mañanas o irnos a la cama por la noche, haciendo uso del sacramental de agua bendita en nuestra iglesia doméstica, así como lo hacemos en nuestra iglesia parroquial. (¡Una hermosa fuente para colgar en la pared es un finísimo regalo para ofrecer a personas que se mudan a una casa nueva!) Otros sacramentales relacionados con el Rito del Bautismo incluyen objetos como veladoras benditas y hasta nuestra ropa. El expresar nuestra dignidad humana divinamente designada por medio del buen vestir recatado desde temprana edad, gracias al ejemplo de nuestros padres de familia y hermanos mayores, puede no solamente ahorrarnos más adelante unas batallas entre papás y adolescentes, sino que también formar una verdadera espiritualidad de nuestro carácter y llamado bautismales prepaándonos para el culto, el trabajo, el descanso y la recreación del día, todo en la medida correcta según el plan de Dios. “Los que han sido bautizados en Cristo, de Cristo se han revestido. Aleluya, aleluya.” [3]

Responder a las cuestiones problemáticas actuales: ¿Tiene la iglesia razón?

Hay pocas cosas más probables de ganarle a uno la etiqueta de “intolerante” que proponer públicamente la enseñanza de la Iglesia sobre la homosexualidad y el transexualismo. Entiendo al término “intolerante” como la persona que sostiene una postura, pero que no tiene razones fundadas para ella y es, además, mezquina.

Aquí, quiero mostrar que la posición católica sobre la homosexualidad y el transexualismo no es mezquina porque existen razones buenas y sólidas en su apoyo y, con igual importancia, es una postura delicada, aunque firme. También incluyo aquí lo que enseña la Iglesia sobre la fornicación, a la luz de la cultura floreciente del ligue rápido. Muchos hoy en día consideran la sugerencia de que el sexo pre-matrimonial sea equivocado como algo tan pintoresco que no se puede clasificarse como “intolerante”; sin embargo, si alguien lo profesa, es probable que sea considerado como habitante del país de la nube de los locos. En esa medida, es también representado como algo desatinado.

Lo que dice la relación sexual

El Papa San Juan Pablo II describió al diseño hermoso e inteligente de Dios para la sexualidad humana en su Teología del Cuerpo. Desde este marco, explica que cuando una pareja casada “hace el amor”, está recapitulando sus votos matrimoniales. Esto es porque los votos significan un don de sí mutua y total y el coito significa de manera natural esta donación total de sí. Considerado cuidadosamente, el don especial que se da en el coito es el don mutuo del poder generativo. Esto es, en el fondo, el fin único e intrínseco de esa unión.

Para que la relación sexual sea un don, la persona debe entregar a la otra persona lo que ella no tiene. Por lo tanto, solo hay don cuando las personas son distintas sexualmente, es decir, cuando uno es hombre y la otra es mujer. Es solamente en esta situación que cada uno entrega aquel elemento del poder generativo humano que le hace falta al otro; y juntos, se completan mutuamente.

Sin embargo, la relación sexual es más que un signo de donación de sí: es un signo adecuado de donación total de sí. Dos observaciones son pertinentes. Primero, por medio de la relación sexual, uno entrega la mera semilla de sí mismo; y, como señala Cormac Burke, “La máxima expresión del deseo que tenga una persona de dar es haciendo entrega de la semilla de sí misma.”[1]

En segundo lugar, durante el coito, el esposo actúa de la forma que más tipifica al hombre y la esposa de la forma que más tipifica a la mujer. En último término, el esposo hace lo que la mujer simple y sencillamente no puede hacer y vice versa. Ahora bien, la masculinidad y la femineidad marcan todas las dimensiones de la persona humana y no solo del cuerpo, ya que la sexualidad marca las emociones, la psicología, la vida intelectual, y el espíritu – como una marca de agua que corre por dentro de la persona entera. Por consiguiente, cuando el esposo realiza la acción más típicamente masculina, se “recapitula”, por así decirlo, en una acción que puede representar su donación de sí de manera holística y total.

Responding to Today's Challenging Issues: Is the Church Right?

There are few things more likely to earn one the label of “bigot” than publicly to propose the Catholic Church’s teaching on homosexuality and transgenderism. I take a “bigot” to be someone who tenaciously holds a position but has no sound reasons for his stance and is, additionally, mean-spirited.

Here, I want to show that the Catholic position on homosexuality and transgenderism is not bigoted because there are good and solid reasons for it and, equally important, it is a gentle, if firm position. I will also include here what the Church teaches on fornication, in light of the burgeoning hook-up culture. Many now consider the suggestion that pre-marital sex is wrong as too quaint to be “bigoted;” yet, in professing it, one is likely to be perceived as living in cloud cuckoo land. To that extent it is also portrayed as unreasonable.

What Sexual Intercourse Says

Pope St. John Paul II described God’s beautiful and intelligent design for human sexuality in his Theology of the Body. From this framework, he explains that when a married couple “make love” they are recapitulating their marriage vows. This is because the vows imply a mutual, total gift of self, and sexual intercourse naturally signifies this total self-giving. Considered carefully, the special gift that is given in intercourse is the gift of one’s generative power to another. This is, after all, the unique, intrinsic purpose of that union.

For sexual intercourse to be a gift, one party has to give what the other does not already have. Therefore, there is only a gift when the parties are sexually distinct, i.e. when one is a man and the other is a woman. Only in this situation does each give that element of the human generative power that the other lacks; and together there is mutual completion.

However, sexual intercourse is more than a sign of self-giving: it is an adequate sign of a total self-giving. Two observations are pertinent. First, through intercourse, one gives the very seed of oneself; and, as Cormac Burke notes, “The greatest expression of a person’s desire to give himself is to give the seed of himself.”[1] Second, during intercourse the husband acts quintessentially as man and the wife quintessentially as woman. After all, the husband does what the wife simply cannot do and vice-versa. Now, masculinity and femininity mark all the dimensions of the human person and not just the body, since sexuality marks the emotions, the psychology, the intellectual life, and the spirit—like a watermark running through the entire person. Accordingly, when the husband does the quintessentially male action, he “sums himself up,” so to speak, in an action that can represent his self-donation in a holistic and so total manner.

Forming Parishioners Through Virtual Media

“I guess we’ll all get to see how well our pandemic plans actually work.” The moment my dad said that to me is the moment I realized that none of us were prepared for COVID-19. Even businesses that developed a pandemic plan never really tested it. And I do not know of a single parish that planned ahead for the complete interruption of normal operations. Now that we experienced “Corona Time,” as my pastor likes to call it, we have learned much about virtual ministry, found best practices, and discovered its unique benefits. Corona Time has forever changed our parish’s formation strategy and disaster preparedness for the better.

Our Virtual Ministry

The key for our Faith Formation Team was to establish a schedule, both for working from home and for our digital presence. When we first started, we all struggled with throwing together some content and slapping it on the parish Facebook feed whenever it was finished. Within a week, we settled into a programming schedule that kind of felt like running a TV station. We continued emailing specialized content to specific groups—we emailed First Communion Preparation content to second graders’ families and Sunday reading worksheets to every family every Sunday—but most of our content was posted to social media at designated times.

Madeleine Delbrêl: The Missionary and the Church

By the time Venerable Madeleine Delbrêl was 20, she had converted to Catholicism from the strict atheism of her youth. Nine years later, in 1933, she was living as a missionary with two companions in Ivry, “the first Communist city and more or less the capital of Communism in France.” She decided to live in this community because she remembered the pain of not knowing God; her goal was not simply to evangelize them, but to befriend them. She lived there until she died in 1964.

Venerable Madeleine Delbrêl had an exceptional love for the Church and perceived that there was a profound link between Christ, the Church, and evangelization. “The work of the Church is the salvation of the world; the world cannot not be saved except by the Church.” In our current atmosphere of skepticism towards structures of authority and of the Church herself, she is a voice that reminds us how to love the Church, and how to bring Christ to the world in and through her.

Madeleine considered each person in the Church to be an essential part of the Church’s mission; there was no one who did not have a part to play. “We are not the Church unless we are the whole Church: each member belongs to the whole body.” Each person’s part was specific and vital: “And we are not the whole Church unless we are in precisely the place meant for us in the Church, which is the same as saying that we are precisely in our place in the world, where the Church is made present through us.”

These words are comforting and hopeful, but we always seem to struggle to find our purpose and direction. Delbrêl’s view is that we do not have to go crazy finding exotic projects: “Mission means doing the very work of Christ wherever we happen to be. We will not be the Church and salvation will not reach the ends of the earth unless we help save the people in the very situations in which we live.” These situations, these people where we live, have been entrusted to us. When we don’t take this mission seriously, the world suffers.

Her words profoundly challenge me. I am often dreaming of my next “important project,” but fail to see the people and the situations that are very truly before my eyes.

Leisure: The Basis of Renewal

Two Thinkers, One Counterintuitive Approach

Evangelizing structures change. They must and they do. The Second Vatican Council emphasizes that the Church’s very nature is missionary and that she exists to reveal the mystery of Jesus Christ in every generation.[1] In order for evangelization to be fruitfully carried out in any age, the Church must employ human strategies, or “manmade” evangelizing structures suited to the communication of the Gospel within the present circumstances. A cursory glance at the Church’s history reveals a variety of such structures: the preaching of the Fathers and the sacrifice of the martyrs in the early Church, the emergence of monastic and mendicant movements during the Middle Ages, the explosion of religious congregations following the Reformation, the growth of Catholic schools, and so forth. Many of these elements are still in place, though their prominence in the Church’s overall evangelizing movement shifts based upon the needs of the time.

Given culture’s constant flux, the Church’s evangelizing mechanisms can become ineffective or obsolete and, therefore, in need of updating. If these structures are not renewed, they risk obscuring the Church’s ability to communicate Christ clearly. Moreover, without renewal, the Church can tend to devolve into an entity concerned more with self-reference, self-preservation, and maintenance than with actualizing her missional nature as the sacrament of salvation pointing to Another—the one who spends herself with Christ for the salvation of souls. Therefore, the effectiveness of the Church’s mission in every age is, in some sense, contingent upon constant ecclesial renewal, the constant renewal of her evangelizing structures.

Vatican II’s call for aggiornamento is essential for a New Evangelization that is “new in its ardor, methods and expression.”[2] That renewal is necessary is not the question following the Council, the real debate has to do with precisely how one ought to go about renewing methods and structures. This little article is not the space for a complete treatment of the various approaches to renewal that spun out of the Council and into the decades that immediately followed it. Instead, I will attempt to offer a few insights regarding an approach to renewal that appears in the thought of Joseph Ratzinger, and make a few connections to the teaching of Joseph Pieper, a 20th century German philosopher, and his treatment of the concept of leisure. Ultimately, something quite surprising emerges in the thought of these men, namely, that the source of renewal does not lie in activity or work but—perhaps counterintuitively—in the effortlessness of leisure and the surprise of faith.

El espíritu católico del descanso

Introducción
Cuando le comenté a mi esposa que estaba escribiendo un ensayo acerca del descanso, se suscitó el siguiente diálogo:

Esposa -No lo puedes hacer.-

Yo -¿Por qué no?-

Esposa -No sabes nada acerca de eso. Estás siempre trabajando en algo.-

Yo -Hay algo de cierto en lo que dices, pero el descanso no trata precisamente de lo que se hace cuando uno no está trabajando. Básicamente, es una actitud hacia la vida.-

Este es el punto principal: el descanso, correctamente comprendido, es una perspectiva que tenemos en cuanto al sentido de la vida y el vivirla de forma consecuente. Tal perspectiva, o espíritu, debería de fundamentar y unificar toda nuestra manera de ser. Para el cristiano, el verdadero Espíritu de la vida es Cristo. Cuando nuestro día consiste en el buen trabajo, bien ordenado e imbuido por Él, la vida debe y puede convertirse en una peregrinación personal que fluye de forma personal desde Él y vuelve hacia Él

El tema de la naturaleza y el papel del descanso es, por lo consiguiente, tema importante. De hecho, le ha intrigado y, a veces, consumido al hombre a lo largo de la historia, y con buena razón. Porque todos compartimos la necesidad de contestar a la pregunta eterna, “¿Qué debemos de hacer para obtener la felicidad?” La respuesta se relaciona de manera directa con la necesidad innata que tiene el ser humano de comprender la relación correcta entre lo espiritual y lo material; la obligación humana de discernir la naturaleza de la felicidad y los medios apropiados que debemos de buscar para asegurarla. La resolución propuesta, y el papel que tiene el descanso, varía mucho, como lo atestiguan las religiones del mundo, los grandes pensadores y las culturas que los acompañan.

Para el cristiano, la felicidad se encuentra en La Encarnación. Dios se hizo hombre para que el hombre pudiera regresar a Dios. Pero, ¿cómo le hacemos para aceptar la promesa y la invitación que nos da Dios para liberarnos de modo que podamos regresar a Él? Debemos de servirle santa y rectamente: santamente en el sentido de que debemos amar a Dios y valorar los dones espirituales de la fe y de la razón, y rectamente en el sentido de que debemos ordenar nuestro día con un esfuerzo honrado por vivir una vida buena y honrosa. Porque tenemos que recordar que, sin Dios, en vano trabajamos, sin importar cuán sagaces y diligentes hemos sido al desempeñar nuestras labores cotidianas. Dicho sencillamente, el descanso no es el tiempo que disfrutamos tras terminar nuestro deber de ganarnos la vida. En lugar de eso, el descanso en verdad debería de ser ese tiempo especial que tomamos para discernir y reflexionar sobre el qué y el porqué de lo que deberíamos de estar haciendo en todos los aspectos de nuestra vida. Al permitirle a Dios que se encarne en toda nuestra forma de ser, podemos vivir una vida católica de descanso porque Él “guiará nuestros pasos por el camino de la paz”.

Sí, ciertamente es una enorme tarea, ya que el espíritu del catolicismo de descanso involucra a la totalidad de la vocación cristiana. Pero, lo único que queremos hacer aquí es volver a considerar nuevamente algunos de los aspectos fundamentales y prácticos del estilo de vida del cristiano, y hacerlo a pesar de las exigencias de nuestra sociedad moderna. Abordemos este proyecto como obra en tres partes. Primero, ratifica para ti mismo lo que constituye el espíritu cristiano de la vida, y el papel del descanso y del trabajo implícitos en ello. En segundo lugar, vuelve a considerar e implementar algunas destrezas diarias que ayudarán a incorporar y ordenar tu vida y tu trabajo. En tercer lugar, dale mayor vigor al sentido cristiano de la vida, viéndola como una peregrinación personal hacia Dios. Esta perspectiva y enfoque integral enriquecerá tu propia felicidad, y, a su vez, avivará tu llamado de amar y de guiar aquellas personas que están bajo tu cuidado.

The Spirit of Leisurely Catholicism

When I happened to mention to my wife that I was writing an essay about leisure, the following dialogue took place: Wife: “You can’t do that.” Me: “Why not?” Wife: “You don’t know anything about it. You’re working at something all the time.” Me: “That is somewhat true, but leisure isn’t really about what one does when one is not working. It’s fundamentally an attitude toward life.” That is the main point: leisure, properly understood, is a perspective one holds regarding both the meaning of life and the ensuing way of living it. Such a perspective, or spirit, should inform and unify one’s entire way of being. For the Christian, the true Spirit of life is Christ. When our day consists in good ordered work imbued by him, life should and can become a personal pilgrimage that flows peacefully from and back to him.

The subject of the nature and role of leisure in life is therefore an important one. In fact, it has intrigued and at times consumed man throughout history, and this for good reason. For we all share the need to answer the following timeless question: “What must one do in order to gain happiness?” The answer is directly associated with man’s inherent need to understand the proper relationship between the spiritual and the material; the human obligation to discern the nature of happiness and the appropriate means we should seek to secure it. The proposed resolution, and the role of leisure in it, varies greatly, as the world’s religions, great thinkers and attendant cultures bear witness.

For the Christian, happiness is found in The Incarnation. God became man so that man might return to God. But how do we accept God’s promise and invitation to be set free by him so that we can return to him? We must serve him in a holy and righteous manner: holy in the sense that we must love God and value the spiritual gifts of faith and reason, and righteous in the sense that we order our day in an honest effort to live a good and honorable life. For we must remember that without God, we labor in vain, no matter how astute and assiduous our daily endeavors. Simply stated, leisure is not the time we enjoy after our duty of making a living is done. Rather, leisure really should be that special time we take to discern and reflect upon why and what we should be doing in all aspects of our life. As we allow God to incarnate our entire way of being, we can live a leisurely Catholic life because he “will guide our feet into the way of peace.”

Yes, this is a tall order, for the spirit of leisurely Catholicism entails the totality of the Christian vocation. But all we want to do here is to reconsider afresh some of the fundamental and practical aspects of the Christian way of life, and do so despite the demands of our modern society. Let’s approach this venture as a three-part endeavor. First, reaffirm for yourself what constitutes the Christian spirit of life, and the role of leisure and work implicitly entailed within it. Second, reconsider and implement some practical daily skills that will help embody and order your life and work. Third, invigorate the Christian meaning of life by seeing it as a personal pilgrimage to God. This overall perspective and approach will enrich your own true happiness and, in turn, enliven your calling to love and to guide those within your care.

Jesús y el transexualismo

En el número anterior de The Catechetical Review,[1] miramos la luz que da la Sagrada Escritura sobre el movimiento transgénero moderno, en particular los relatos de la Creación y de la Ley de Moisés. Ahora queremos ver específicamente algunos textos relevantes de los Evangelios y del Nuevo Testamento en general.

Las enseñanzas más claras de Jesús en cuanto a los asuntos sexuales se dan cuando los fariseos lo presionan sobre el divorcio en Mateo 19,3-6:

Y los fariseos lo pusieron a prueba,

“¿Es lícito al hombre divorciarse de su mujer por cualquier motivo? El respondió: ¿No han leído ustedes que el Creador, desde el principio, los hizo varón y mujer; y que dijo: ‘Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre para unirse a su mujer, y los dos no serán sino una sola carne’? De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Que el hombre no separe lo que Dios ha unido.”

Jesús reconoce sólo dos géneros, masculino y femenino, y afirma que han sido creados por el mismo Dios. Además, Jesús afirma que la unión física / sexual entre hombre y mujer en el matrimonio es sagrada, habiendo sido establecida por Dios: “Que el hombre no separe lo que Dios ha unido”. ¿Cómo deriva esto desde Génesis 2,24, que describe a la unión de hombre y mujer utilizando la voz pasiva: “se une a su mujer… se hacen una sola carne”? Jesús interpreta esto de manera autoritativa como un pasivo divino, un recurso literario de la literatura bíblica y judía por el cual el escritor no nombra a Dios por reverencia religiosa, sino que pone en el pasivo a la acción de Dios. Por lo tanto, el significado verdadero de Génesis 2,24 es, “un hombre…es unido por Dios a su mujer… y los dos son hechos una sola carne por Dios”. En relación con la controversia moderna transgénero, por lo tanto, Jesús reconoce solamente dos géneros, e identifica a Dios – no a la sociedad, ni a una construcción social, ni a la psicología humana, etc. – como el Autor y Él que establece esos dos géneros, además de la institución del matrimonio.

La Ley judía, basada en la Ley de Moisés (Lev 18,1-23), rechazó a toda actividad sexual entre personas del mismo género, o entre personas en toda relación fuera del matrimonio entre un hombre y una mujer, y no existe la menor sugerencia que Jesús haya disputado esa enseñanza. Al contrario, Jesús avanza la enseñanza tradicional judía mucho más lejos, dándole una interiorización radical:

“Habéis oído que se dijo: ‘No cometerás adulterio.’ Pues yo os digo: Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón. Si, pues, tu ojo derecho te es ocasión de pecado, sácatelo y arrójalo de ti; más te conviene que se pierda uno de tus miembros, que no que todo tu cuerpo sea arrojado a la gehena. Y si tu mano derecha te es ocasión de pecado, córtatela y arrójala de ti; más te conviene que se pierda uno de tus miembros, que no que todo tu cuerpo vaya a la gehena.” (Mateo 5, 27-30).

De acuerdo a la enseñanza de Jesús, entonces, las prohibiciones tradicionales de la inmoralidad sexual aplican también a actos interiores del corazón y de la imaginación. Tener fantasías acerca de actos malos ya de por sí es un acto malo, y el estándar ineludible de la santidad (“sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial” Mateo 5,48) nos exige, si es necesario, tomar medidas radicales para evitar el pecado – lo cual se expresa de manera hiperbólica con “sácate el ojo” o “córtate la mano”.

Todo esto en realidad no deja espacio para que el discípulo de Cristo se imagine que él o ella tenga algún género distinto del de su sexo biológico. El sentimiento que uno sea de otro género distinto al de su sexo biológico quizás no sea algo que uno mismo elija, pero los discípulos de Cristo tienen que evaluar la verdad de sus sentimientos y sensaciones contra el estándar de la Revelación Divina y de la enseñanza de la Iglesia. La sensación de atracción erótica hacia su compañero de trabajo quizás tampoco sea elegida por uno mismo, y quizás sea “natural” en un sentido biológico. Sin embargo, no justifica que una persona casada actúe sobre esa sensación; más bien, el discipulado cristiano requiere que la persona casada reconozca ese sentido de atracción como un peligro que debe de ser rechazado y suprimido. Del mismo modo, una atracción física hacia un menor de edad quizás no sea algo que uno mismo haya elegido, y quizás sea “natural” biológicamente, sin embargo, el discipulado cristiano nos exige rechazar esos sentimientos y sensaciones, y ni sucumbir a ellos, ni actuar sobre ellos. Del mismo modo, el mero hecho de que tengamos sentimientos o sensaciones hacia el vestirnos, identificarnos o comportarnos de maneras asociados con el sexo opuesto, no justifica el consentir o actuar sobre esas sensaciones. Tenemos que actuar de acuerdo con lo que es verdad acerca de nuestros cuerpos y la verdad revelada en la Escritura.

Jesús enseñaba y llevó a cabo su ministerio entre el pueblo común de Judea a quienes les faltaba la riqueza y el tiempo libre como para consentir formas inusitadas o exóticas de comportamiento sexual. Sin embargo, San Pablo llevó el Evangelio a regiones de gran riqueza en el Imperio Romano, donde formas exóticas de actividad sexual extraconyugal eran comunes y populares. El emperador que condenó a muerte a Pedro y Pablo – Nerón – de hecho, practicaba una forma de transexualismo. Él y su amante de sexo masculino se vestían y se presentaban como jóvenes mujeres cuando mantenían relaciones sexuales juntos. Sin embargo, no era Roma, sino Corinto que tenía la mayor fama por el comportamiento sexual extravagante. El templo de Afrodita (alias Venus), la diosa del sexo, empleaba hasta mil prostitutas sagradas. No es coincidencia que las cartas de San Pablo a los corintos contengan su enseñanza más explícita sobre la sexualidad.

Jesus and Transgenderism

In the previous issue of The Catechetical Review,[1] we took a look at the light Scripture sheds on the modern transgender movement, especially the creation narratives and law of Moses. Now we wish to look specifically at relevant texts from the Gospels and New Testament generally.

Jesus’ clearest teachings on sexual matters arise when the Pharisees press him on divorce in Matthew 19:3-6:

"And Pharisees … tested him, “Is it lawful to divorce one’s wife for any cause?” He answered, “Have you not read that he who made them from the beginning made them male and female, and said, ‘For this reason a man shall leave his father and mother and be joined to his wife, and the two shall become one flesh? So, they are no longer two but one flesh. What therefore God has joined together, let not man put asunder."

Jesus only recognizes two sexes, male and female, and asserts that these have been created by God himself. Further, Jesus asserts that the physical/sexual union between man and wife in marriage is sacred, being established by God: “What God has joined together, let not man put asunder.” How does he derive this from Genesis 2:24, which describes the union of man and wife using the passive voice: “be united to his wife … the two shall become one flesh”? Jesus authoritatively interprets this as a divine passive, a literary device in biblical and Jewish literature in which the writer does not name God out of religious reverence, but phrases God’s action passively. Thus, the real meaning of Genesis 2:24 is, “a man … is joined by God to his wife … and the two are made one flesh by God.” In relation to modern transgender controversy, therefore, Jesus acknowledges only two sexes, and identifies God—not society, social construct, human psychology, etc.—as the author and establisher of those two sexes, as well as the institution of marriage.

Jewish law, based on the law of Moses (Lev 18:1-23), rejected sexual activity between persons of the same sex, or persons in any relationship outside of the husband-wife relationship, and there is not the slightest hint that Jesus disputed this teaching. On the contrary, Jesus pushes traditional Jewish teaching much farther, radically interiorizing it:

You have heard that it was said, “You shall not commit adultery.” But I say to you that everyone who looks at a woman lustfully has already committed adultery with her in his heart. If your right eye causes you to sin, pluck it out and throw it away; it is better that you lose one of your members than that your whole body be thrown into hell. And if your right hand causes you to sin, cut it off and throw it away; it is better that you lose one of your members than that your whole body go into hell. (Mt 5:27-30)

According to Jesus’ teaching, then, the traditional prohibitions of sexual immorality apply also to interior acts of the heart and the imagination. Fantasizing about evil acts is already itself an evil act, and the inescapable standard of holiness (“You must be perfect, even as your heavenly father is perfect” Mt 5:48) requires us, if necessary, to take radical measures to avoid sin—hyperbolically expressed as “plucking out the eye” or “cutting of the hand.”

All of this really leaves no room for the disciple of Christ to imagine that he or she is some other gender than his or her biological sex. The feeling that one is a different gender than one’s biological sex may not be self-chosen, but disciples of Christ have to evaluate the truth of their feelings and sensations against the standard of Divine Revelation and the Church’s teaching. The sensation of erotic attraction towards one’s co-worker may not be self-chosen and may in fact be “natural” in a biological sense. Nonetheless, it does not justify a married person acting on that sensation; rather, Christian discipleship requires the married person to recognize that sense of attraction as a danger that needs to be rejected and suppressed. Likewise, physical attraction toward a legal minor may not be self-chosen and may be biologically “natural”, but Christian discipleship requires us to reject those feelings and sensations, and neither indulge them nor act on them. In the same way, the mere fact that we have feelings or sensations toward dressing, identifying, or behaving in ways associated with the opposite sex, does not justify indulging and acting on those sensations. We have to act in accord with what is true about our bodies and the truth revealed in Scripture.

Jesus taught and ministered mostly among the common people of Judea who lacked the wealth and leisure to indulge in more unusual or exotic forms of sexual behavior. However, St. Paul brought the Gospel to areas of great wealth in the Roman Empire, where exotic forms of extramarital sexual activity were common and popular. The emperor who put Peter and Paul to death—Nero—did, in fact, practice a form of transgenderism. He and his male lover dressed and presented themselves as young women when engaging in sexual activity with each other. Yet it was not Rome but the city of Corinth that was most famed for extravagant sexual behavior. Corinth’s temple of Aphrodite (aka Venus), the goddess of sex, employed as many as a thousand sacred prostitutes. It is not coincidental that Paul’s letters to the Corinthians contain his most explicit teaching on sexuality.

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